[8/10] Con el respaldo de haber ganado la última Concha de Oro en San Sebastián y de haber recibido elogiosas críticas, Wayne Wang (“El club de la buena estrella”, “Smoke”) vuelve a ofrecernos en “Mil años de oración” una deliciosa película, una lección de buen cine por su exquisita planificación y por la sensibilidad llena de delicadeza y contención para tratar temas dramáticos de enorme dureza interior. El director de Hong Kong se sirve de una historia mínima y de un reducido equipo para demostrar cómo se puede hacer una película con una cámara y unos rostros que lo dicen todo con la mirada y muy poco con la palabra. Pero para que nadie se llame a engaño, es necesario advertir que nos hallamos ante un film minoritario, que exige del espectador una actitud contemplativa para captar sentimientos profundos que a los mismos protagonistas siempre les ha costado expresar en sus vidas.

El Sr. Shi llega a Estados Unidos para ver a su hija Yilan, y ayudarla en lo que pueda pues se acaba de divorciar. Sin embargo, ella no está quiere esas intromisiones del su padre en su vida y pronto comienza a evitarle, además de reabrirse heridas del pasado por las que aún no le ha perdonado. Una historia personal de gran calado que no oculta otra realidad también profunda y una constante en el cine de Wang: el encuentro de civilizaciones (especialmente de la china y la americana) y generaciones diversas, y las distintas sensibilidades y valores que alientan a unos y otros. Desde el inicio asistimos a unas dificultades de entendimiento y comunicación entre padre e hija que vienen de atrás, pero que ahora se acrecientan cuando él quiere seguir ejerciendo de paterfamilias tradicional de la cultura china, y ella exige el espacio de libertad y expansividad que buscó y encontró en su país de adopción.

Un buen ejemplo de este choque de culturas y edades, no exento de una fina y delicada comicidad, lo vemos en la escena de la piscina, cuando el bueno del Sr. Shi se incomoda ante una hermosa jovencita que toma el sol en bikini y que se dirige a él con la mayor naturalidad y desparpajo del mundo: los movimientos de uno y otro, los diálogos y actitudes, los esquemas mentales y morales son tan dispares… que permitirán más tarde entender las motivaciones de padre e hija, cuando el pasado se esclarezca y cada uno comprenda un poco mejor al otro. También resulta gráfico el diverso uso de la lengua que hacen en sus diálogos: el chino para unas relaciones formales y correctas, y el inglés (castellano en su versión doblada) para expresarse la hija de manera más espontánea y fluida por teléfono o en la única explosión de rabia e impaciencia que tiene, o para relacionarse el padre con los vecinos y comprender esa otra realidad social y generacional (sobre todo cuando habla con la mujer iraní, y aprende en ella la nueva relación paterno-filial que se da por esas latitudes). En definitiva, inmigrantes mayores que encuentran dificultades de integración, y jóvenes que rompen con sus raíces y buscan su lugar en un nuevo mundo que retrasa el compromiso hasta después de “mil años de oración” (según Yilan le dice a su amante ruso).

Con un lenguaje que prima los silencios, la contención gestual y las miradas llenas de ternura y dolor, el tema de la incomunicación y de la dificultad para mostrar los sentimientos marcan otra pauta en sus relaciones. El espectador nota que por debajo de ese indudable respeto y cariño que se tienen, pero también que hay algo que les distancia y que es reflejo de la tradición oriental patriarcal o de la necesidad de romper amarras y huir hacia adelante: no resulta difícil entender el mundo de uno y otro, y tampoco la dureza emocional que circula de manera soterrada, y por tanto el poso de tristeza y abnegación en sus vidas. Tenemos, por tanto, sentimientos puros y delicados al lado de un drama interior fuerte e tenso, y no faltan momentos de elegante y fino humor que podrían pasar desapercibidos para quien no se haya metido en la piel de los personajes. Como hemos dicho, la planificación es extraordinaria y minimalista, con composiciones equilibradas y armónicas que priman el plano fijo y suaves desplazamientos de cámara que permiten al espectador asistir al encuentro/desencuentro de unos protagonistas a los que se intenta, desde la distancia, comprender y no juzgar.

Un drama intimista e independiente con una excelente interpretación de Henry O (Concha de Plata al mejor actor en San Sebastián), con miradas y silencios que reflejan la fidelidad y el sacrificio por un amor y unas convicciones, y su dificultad para hacerse cargo de la nueva coyuntura. En su sencillez y humanidad, Wang logra una obra emotiva y tierna, pero en la que también se vislumbra una mirada triste y llena de preocupación aunque con algún resquicio de esperanza, y apuntes de comicidad. Una película que gustará al espectador que busque historias mínimas e interiores en las que abundan los pequeños detalles, de ritmo pausado y silencios prolongados, dispuesto a entender otras mentalidades y a unos personajes tan sinceros como pudorosos.
Calificación:8/10
En las imágenes: Fotogramas de “Mil años de oración” – Copyright © 2007 North by Northwest Entertainment y Entertainment Farm. Distribuida en España por Karma Films. Todos los derechos reservados.
Publicado el 19 septiembre, 2008 | Categoría: 8/10, Año 2007, Críticas, Drama, USA independiente
Etiquetas: comunicación, El club de la buena estrella, Henry O, inmigración, Mil años de oración, padres-hijos, Smoke, Wayne Wang
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