Un viaje a través del cine, con el hombre
y la sociedad como protagonistas

“Rojo”: Kieslowski se despide con el amor

En “Rojo”, última película de la trilogía de los colores, Krzysztof Kieslowski nos ofrece la que considera como única respuesta válida ante la vida, la manera definitiva de ser libre (“Azul”) y de conseguir una igualdad personal y social (“Blanco”). No es casual que el tema central de “Rojo” sea el amor, y que esta cinta sea la última de la serie: sólo el amor permite al hombre ser él mismo, relacionarse con los demás, vivificar la sociedad. Es, por otra parte, la película de Kieslowski con un final más esperanzador. En ella, los protagonistas de la trilogía se salvan del naufragio del ferry: el amor les ha enseñado a navegar entre los sinsabores de la vida, a contracorriente de las dificultades.

Sin embargo, este mensaje de amor no es nuevo en el pensamiento europeo. Aunque el desenlace de “Rojo” es en cierta medida positivo, también resulta ambiguo e incierto porque no sabemos cómo seguirán las vidas de los protagonistas, cómo afrontarán las dificultades en que el amor se debe fraguar y que volverán a presentarse: es posible que se quiebre, y con él la felicidad, la libertad, la igualdad, tesis pesimista a la que el director polaco se ha apuntado vitalmente en la mayor parte de su filmografía, porque la vida se hace viviendo y el cine no puede reflejarla con un punto y final ni con un destino ciego.

Un juez retirado (Jean-Louis Trintignant), escéptico y de corazón endurecido por amargas experiencias del pasado, vive aislado en su casa mientras espía a sus vecinos. Una joven modelo, Valentine (Irène Jacob), sensible y siempre pendiente de los demás, ve cómo su noviazgo pasa por momentos delicados. En esa presentación de los personajes de “Rojo”, Kieslowski nos ofrece la imagen del individualismo frente a la solidaridad, pero la relación que se establecerá entre ellos –la caridad, el amor– conseguirá acercar esos polos antagónicos hasta unir sus destinos y revitalizar sus existencias. Muy cerca de ellos, un opositor de judicaturas, Auguste, (Jean-Pierre Lorit) y su novia Karin (Fréderique Feder) –que trabaja en el servicio metereológico personalizado– hacen planes de futuro. Resultan antológicas esas secuencias que muestran a Valentine y Auguste que se cruzan en su vida ordinaria pero sin que llegar a conocerse: es como si el juego del azar y el destino comenzara su duelo particular, y en medio el individuo guardase bajo la manga su carta de la libertad.

Será precisamente el azar el que propiciará el primer encuentro del juez con Valentine. En un accidente fortuito, la modelo atropella a la perra del juez: ante la indiferencia del dueño por el animal herido, ella se vuelca en atenciones con el animal. En un segundo encuentro, Valentine da muestras de humanidad y de compasión hacia el propio juez al ver cómo se degrada… espiando a los vecinos; a la vez, descubrimos la amargura y el escepticismo del juez, que cuestiona si es posible conocer la verdad o si puede intervenir en la vida de los demás intentando hacer el bien. El juez intuye la sensibilidad de Valentine y se da cuenta de que ella tiene el amor que él siempre ha echado en falta, y experimenta una primera transformación en su interior. Son dos personajes aparentemente opuestos, cada uno con su pasado y problemática existencial, pero que muy pronto sintonizan y se comprenden hasta alcanzar una profunda y delicada amistad. A su vez, se nos ofrecen dos mundos enfrentados: por un lado “el de la imagen” por medio de Valentine, y por otro “el de la palabra” a través del juez: sus oficios de modelo y juez no son casualidad. Ambos se necesitan, y los dos saben escrutar el alma del otro y escuchar: “no es difícil adivinar” el pasado o lo que preocupa al otro cuando se le quiere –es lo que ambos dicen en distintos momentos de sus confidencias–, porque entonces siempre es fácil ponerse en su lugar, ayudarle a abrir su intimidad y a que la luz entre en su vida.

Resulta llamativa la evolución que experimenta el personaje del juez, su regeneración. En cierta medida, aparece como un demiurgo omnisciente, pero que no interviene en la vida de los demás: lo sabe todo, pero no quiere cambiar el destino. La conversación con Valentine le lleva a descubrir a alguien capaz de preocuparse por un animal, de sentir compasión por un vecino, e incluso por él mismo… a pesar de su miserable comportamiento: la luz y el calor del amor penetran de nuevo en su vida. De la amargura y de la indiferencia vital pasará a denunciarse a sí mismo por los actos delictivos, se humanizará su rostro y su trato, saldrá de casa para ir de nuevo a teatro, y hasta acabará mostrando ternura con los cachorros o sintiendo angustia ante las escenas del naufragio. En el último tramo de la película, dirá que sólo le apena no haberla conocido hace treinta años: es aquí donde vemos en Auguste a su alter ego en el tiempo y en Valentine a la reencarnación del amor perdido hace años, hasta el punto de que sus intervenciones desencadenan la ruptura del noviazgo del joven juez y su coincidencia en el ferry con Valentine: al final, su regeneración ha propiciado que el amor sobreviva al naufragio. Amor y destino, azar y libertad, individualidad y divinidad: son las misteriosas realidades apuntadas en la película y sobre las que Kieslowski se pregunta, sin llegar a dar respuestas claras, quizá porque no las tenía. En todo caso, su cine mueve a la reflexión y nos interroga sobre aspectos importantes de nuestra vida.

Decía que el amor es el epicentro de “Rojo” desde el inicio hasta el final porque, según el director polaco, constituye el eje de la vida. De hecho, los dos protagonistas han sufrido sendos desengaños amorosos (el juez hace tiempo, la joven a lo largo de la película) y ambos podrán rehacer sus vidas en una segunda oportunidad. Sin embargo, es un amor entendido básicamente en clave de fraternidad, con referencias continuas a la dificultad que existe para comunicarse y entenderse. Por otra parte, el concepto de amor en Kieslowski va más allá del mero enamoramiento sentimental o afectivo: es lo más opuesto a la indiferencia, es la capacidad de escuchar la vida que bulle en los demás con sus inquietudes (de ahí la importancia de la conversación personal en contraposición a la telefónica, fuente de fracasos y decepciones), de dejarse afectar por los problemas de los demás, de compadecerse y ser solidario con el otro… y de actuar en consecuencia (“Usted está convencida de estar en la verdad: haga algo” le dirá el juez ante el espionaje de la familia vecina que él lleva a cabo). Es, por último, un Amor en relación directa con la Verdad, pues el Juez y Kieslowski se mueven en un terreno pseudo-filosófico y religioso (en sentido amplio).

El mundo que Kieslowski critica es un mundo deshumanizado, superficial, vendido al progreso tecnológico: el teléfono no puede suplir a las relaciones personales directas y se convierte en símbolo de la incomunicación, del des-enamoramiento: la imagen no puede ser una máscara sino que debe acompañarse de humanidad, y distanciarse así del clima frívolo y superficial en que a menudo se ve rodeado (resulta llamativo cómo Valentine no participa de ese ambiente un tanto vanidoso y ensimismado que la rodea en su trabajo). De alguna manera, el director nos viene a decir que la tecnología no puede insensibilizar a las personas hasta el adormecimiento de las conciencias. Cabe también otra interpretación aplicada a Europa como un continente viejo que se ha olvidado de lo esencial y que marcha sin norte hacia un desarrollo tecnológico que le llena de vaciedad, de insensibilidad. No en vano, la historia se desarrolla en Suiza, paradigma del aislamiento y del paraíso fiscal.

Hay, por tanto, en la película gran densidad de ideas, constantes en la filmografía de Kieslowski y que también deben mucho a su guionista y amigo Krzysztof Piesiewicz, que merecerían un estudio más pormenorizado. Se descubre una búsqueda de la autenticidad (el juez dirá a Valentine que “basta con que sea usted misma” para arreglar el mundo, por ejemplo), el juego de la libertad y el destino, la superstición (véase el juego de azar en la máquina tragaperras), el miedo al futuro y a lo desconocido, la ausencia de verdades y certezas, la vida como un misterio indescifrable, o la lucha contra cualquier autoridad que quiera imponer su criterio.

En el plano estético, la fotografía de Piotr Sobocinski es de gran belleza, con el rojo como color que da calidez a sus personajes y a sus relaciones: son numerosos y continuos los objetos y referencias a este color. Y la música de Zbigniew Preisner está en la misma línea argumental del amor, para trasmitir esa expresividad romántica usando el tono mayor en su melodía. La introducción en el rodaje de varios planos-secuencia de difícil consecución hablan también de la maestría del director polaco, así como los abundantes planos de fuerte carga metafórica (el vaso roto en la bolera o el otro con agua que se desparrama, o el vendaval que irrumpe en el teatro).

Por último, las interpretaciones de Irène Jacob y de Jean-Louis Trintignant resultan magistrales, llenas de sobriedad y emoción contenida: con sus miradas y silencios nos permiten ver el fondo de su alma con sus temores y preocupaciones, y eso no es nada fácil. Entre las escenas de especial belleza, me atrevo a destacar la de la sesión fotográfica para la campaña publicitaria de los chicles (nada casual, por cierto, el mensaje de la campaña: “En cualquier circunstancia, el frescor de la vida”), la de la pasarela en que Valentine busca con la mirada a su amigo, o la conversación en el teatro cuando el juez le cuenta su pasado. En definitiva, una película de enorme belleza visual, muy cuidada en todos sus planos, y que nos ofrece un pensamiento rico e inquietante, el propio de un director que acabó el rodaje tan agotado que decidió no volver a dirigir. Y así fue, pues falleció a los pocos meses de un paro cardíaco: “Rojo” puede, por tanto, ser considerada como la película-testamento de un hombre que vivió buscando una luz que diese sentido a su existir y que encontró en el Amor.

En las imágenes: Fotogramas de “Tres colores: Rojo” – Copyright © 1994 MK2, C.E.D. Productions, Canal Plus y Zespol Filmowy TOR. Distribuida en España por Wanda Films y Cameo Media. Todos los derechos reservados

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Publicado el 8 octubre, 2008 | Categoría: 9/10, Años 90, Asia, Directores, Drama, Filmoteca, Polonia

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11 comentarios en ““Rojo”: Kieslowski se despide con el amor”

  1. Manuela

    Sencillamente excelente.
    Muchas gracias por tu comentario de la película, leyéndolo he vuelto a verla.
    Una película llena de sensibilidad y en la que el destino y el azar juegan un papel muy importante. Pero Kieslowski lo tiene todo muy medido.
    Es una obra maestra que invita a reflexionar por la complejidad del final. Al mismo tiempo que trascurre la película se va contando la historia del juez para entrelazar con la vida de Valentine, para que el destino una la vida de ambos al final.
    He comentado el final con un amigo y cada uno pensamos una cosa diferente.
    A mi me dice muchas cosas la película, es una búsqueda interior de sentimientos, de soledad y de sacar el máximo partido a los mínimos detalles.
    No sé exlicar muy bien lo que me produce Rojo. Os recomiendo a tods que la veáis, y si puede ser después de ver Azul (maravillosa) y Blanco mucho mejor. Es la forma mejor de ver como se salva el mundo que traza el autor.

    Muchas gracias de nuevo por este magnifico comentario que has hecho.

  2. Julio

    No me extraña, Manuela, que tú y tu amigo interpretéis el final de modo diferente. Así entendía Kieslowski el cine, abierto como la vida, provocador de tantas reflexiones como espectadores hubiera… de hecho en algunas ocasiones se planteó hacer distintas versiones de algunas de sus películas, según el país o región en que se fuera a distribuir (esto lógicamente era algo implanteable desde el punto de vista comercial). Mi versión del final creo haberla dado en el artículo. Y tienes razón enlo que dices: lo recomendable es ver Azul, después Blanco y terminar con Rojo.

  3. La Mirada de Ulises » Blog Archive » “Azul”: En busca de la libertad perdida

    [...] Francia, y sus personajes son franceses en “Azul”, polacos en “Blanco” y suizos en “Rojo”, en realidad son nacionalidades no escogidas al azar, sino que están en función del asunto [...]

  4. Pepe Paja

    Desconozco el pasado de Kieslowski, pero en los 3 colores intenta llegar a los trascendentales a través del mero determinismo.

  5. Julio

    Yo no considero que haya determinismo en Kieslowski, sino más bien lo contrario: que ante los misterios de la vida, que se va construyendo por una conjunción de circunstancias imprevisibles (el azar, que llama) y de la libertad, de los sentimientos e intuiciones… resulta imposible marcar un solo camino para los personajes y para las personas. Por eso, sus planteamientos son abiertos, si se quiere ambiguos, y siempre con preguntas sin una respuesta clara o única.

    No creo, por otra parte, que trate de llegara los “trascendentales”. Simplemente mira a su alrededor y contempla cómo es la vida de los occidentales en la práctica, aunque en su interior busquen libertad, igualdad, amor… Se cuestiona las apariencias…, y busca en lo interior, aunque en ese hombre vislumbre trascendencia, un sentido espiritual (si se habla de “religioso” sería en un sentido vago, indeterminado).

  6. Manuela

    No viene a cuento aquí, pero….
    ya me he comprado por fin El Dekálogo. En V.O. con subtítulos en castellano pero bueno.

  7. Julio

    Supongo, Manuela, que te referirás a una edición que salió en dos pack hace un par de meses: ¿qué tal son los extras? Sé que la misma distribuidora ha sacado otra, sin extras y más barata: lo he leído en una revista pero no los he visto a la venta ni el su web. Que los disfrutes.

  8. Manuela

    Buenos días. Supongo que si. Son dos pack; cada uno vale 39.95 euros. Aún no me ha dado tiempo a ver nada, pero ya te contaré.
    Gracias.

  9. La Mirada de Ulises » Blog Archive » “La doble vida de Verónica”: Entre el cielo y la tierra, entre la libertad y el destino… bajo la mirada de Kieślowski

    [...] los elementos ciegos determinados por el destino o por un demiurgo mecanicista. Para el director de “Rojo”, la vida es el incierto resultado de la libertad y del azar, entendido éste como la confluencia de [...]

  10. La Mirada de Ulises » Blog Archive » “Blanco”: Kieslowski mira con recelo la igualdad de Occidente

    [...] “Tres colores” de Krzysztof Kieslowski, una especie de bisagra o puente entre “Azul” y “Rojo” y también entre los dos países de su vida. En ella traza a la vez una delicada historia de amor [...]

  11. Entre el cielo y la tierra, entre la libertad y el destino | Libros de Cine

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