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y la sociedad como protagonistas

“Azul”: Kieslowski busca la libertad interior

Con “Azul”, Krzysztof Kieslowski abre una trilogía en la que busca reflejar los principios de la democracia –libertad, igualdad y fraternidad– en la realidad cotidiana: lo hará a través de unos personajes que viven momentos cruciales en sus vidas, para acabar cuestionando esos valores universales. Aunque los tres colores responden a la bandera de Francia, y sus personajes son franceses en “Azul”, polacos en “Blanco” y suizos en “Rojo”, en realidad son nacionalidades no escogidas al azar, sino que están en función del asunto abordado en cada cinta.

En los tres casos, Kieslowski muestra lo indescifrable de la vida y el pesimismo que surge al contemplar una sociedad fría e individualista. Ante ese panorama, busca una respuesta desde la óptica individual y escoge personajes que deben pasar su calvario, bajar a su infierno particular, para luego salir renovadas y rejuvenecidas interiormente: es una conversión que sólo llega por el amor personal, que a su vez traerá de la mano la libertad y la igualdad interior. De esta manera, las tres películas constituyen un todo armónico y concatenado, en que la solución a los problemas de la vida y del mundo pasan por una solución individual.

Al comienzo de “Azul”, vemos a una familia feliz con un prometedor futuro en que se anuncian éxitos y reconocimientos. Un trágico accidente acaba con la vida del marido de Julie (Juliette Binoche) –músico de prestigio internacional– y de su pequeña hija. Frente a la realidad imprevista de la muerte, una rabiosa y dolorida Julie busca anular todo el pasado –incluso con violencia–, liberarse de unos recuerdos que la torturan en lo más íntimo de su ser y construir una “libertad” sin compromisos y una nueva identidad: tras un intento de suicidio, pone la casa en venta, deja todo el dinero a una cuenta bancaria, tritura las partituras del Concierto… (resulta extraordinariamente plástica la escena en que mastica y destroza una piruleta con envoltorio azul –como la que su hija poco antes de morir–). Pero, con todo, no le resulta posible desligarse de sí misma, de su pasado, porque ella es su pasado, porque parte esencial de hombre/mujer es su memoria, con sus alegrías y sus sufrimientos. Por eso, la música de su marido resuena dentro de ella una y otra vez, los niños que ve jugar le recuerdan a su hija muerta (pondrá la condición de que no haya niños, al alquilar el piso de París). Está claro que todo eso constituye su yo más íntimo que no es posible anular: de hecho, no es capaz de deshacerse de unas lágrimas azules de la lámpara de su hija, o de un trozo de la partitura del Concierto inacabado…: son, en definitiva, hilos que le atan al pasado y a su propio yo.

Como decía, a “Azul” se le ha adjudicado el principio de la libertad como base temática, y eso será lo que desde la soledad busque su protagonista. En un primer momento será una libertad ilusoria: no quiere volver a amar, a sentir, porque no quiere volver a sufrir. Y como para demostrárselo, solicita a Olivier (Benoît Regent) –compositor amigo de su marido y enamorada de ella– o se hiere la mano rozándola violentamente contra una pared: quiere una liberación de las emociones, llegar a la indiferencia (“todo me es igual”), aislarse y no llorar la muerte de los que ama (esto extraña tanto a la ama de llaves que le dirá incluso “lloro porque usted no llora”). Para llegar a ser realmente libre, sin embargo, tendrá aún que pasar por la dolorosa experiencia de conocer su pasado y el de su marido –sabrá y sabremos que le era infiel-, y afrontarlo con una valentía que nunca tuvo (algo que queda bien reflejado en su miedo a los ratones que encuentra en la despensa). En definitiva, la libertad que pretende conseguir inicialmente no podrá encontrarla por ese camino de huida, de rechazo del pasado, y deberá buscar otras respuestas a su inquietud interior.

En esos momentos, Julie no quiere afrontar la verdad de su vida ni el dolor que comporta, como queda claro al rechazar la cadena y el crucifijo que Antoine (Yann Tregouet) –el chico que vio el accidente– quiere devolverle: esa cruz no se trata sólo de un recuerdo, sino que tiene también su sentido metafórico, pues habla del dolor interior y del sufrimiento que padece. Está inmersa en una huida, en una lucha por anular su corazón… y eso la llevará a la soledad y al debilitamiento interior: a partir de ese momento se encerrará en su pequeño mundo interior para satisfacer solo a sí misma y no reparar en los demás. Una falta de solidaridad que queda patente en la escena de la anciana, que se esfuerza inútilmente por echar el vidrio en el contenedor ante la mirada de una pasiva Julie, imagen que se repetirá en “Blanco” y en “Rojo”.

Sólo un shock le permitirá salir de esa espiral de ensimismamiento y egoísmo. Y ese cambio comienza con la provocación de Olivier, a quien en la televisión declarar que intentará concluir el Concierto: al haber ella destruido las partituras, es algo que no esperaba y que provoca una reacción… y una vuelta a la realidad. El segundo paso lo dará al descubrir que su marido tenía una amante, Sandrine (Florence Pernel), a la que desde ese momento se pone a buscar con ansiedad. Ahora sabe que todo pasa por asumir un pasado que ignoraba, que ha estado luchando contra un fantasma (su madre no la reconoce, ella desconocía su miedo de niña a todo, no sabía de la infidelidad de su marido…). Por eso, da un giro radical a su planteamiento y retoma la senda que la devolverá a la vida: decide concluir la pieza de música –que en realidad había escrito ella, o al menos corregido–, cede su casa a Sandrine y el apellido de su marido al hijo que ésta espera, termina el Concierto y acepta el amor que Olivier le está ofreciendo. Ha aprendido cuál es el camino hacia la libertad: el compromiso, la búsqueda de la verdad, el amor, y de esta manera podemos decir que vuelve a la vida.

Para Kieslowski, los avances tecnológicos sin sentido causan una narcotización de la sociedad: generan esa dureza interior e insensibilidad, y conducen al frío individualismo y a la indiferencia; por eso son objeto de su crítica en las tres películas. En cierta medida, la tecnología ha cosificado a la persona, hasta el punto de refugiarse en ella: vemos a la madre de Julie ante el televisor o a los propios ancianos que buscan sensaciones fuertes haciendo puenting, porque lo ordinario ya no les dice nada. También Julie huye hacia terrenos de insensibilidad, quiere ver las cosas desde la barrera para que nada le afecte: ha decidido vivir sin amarras ni compromisos, sin las cuerdas que los ancianos utilizan en su deporte, sola frente al vacío que padece. Es desconcertante y sugerente, por otra parte, la figura del flautista: un rico personaje que toca en la calle simplemente porque le gusta y que aconsejará a Julie que siempre guarde alguna cosa, pues no se puede quedar sin nada.

Como el resto de las películas de la trilogía, “Azul” comienza con unos primerísimos planos que anuncian una constante en su filmografía: el azar y el destino, lo desconcertante e lo imprevisible. En este caso son los planos de una rueda girando y de un chico que hace auto-stop mientras juega a encajar una bola en un palitroque: vemos cómo en el momento en que lo logra, se produce el accidente.

Los recursos visuales y sonoros que Kieslowski emplea para reflejar el estado del alma de Julie son toda una lección de lenguaje cinematográfico. La cámara subjetiva de primerísimos planos con que nos muestra los labios temblorosos de la accidentada hace que participemos de su dolor, que miremos con sus ojos al ver en su pupila reflejada la imagen del médico que le comunica el fallecimiento de su familia. En ese momento, el director inserta unos fundidos en negro –como su alma sufriente– y una música de Preisner que potencian la carga emotiva del momento. Este recurso lo repetirá más adelante para reflejar la intensidad y la congelación –enfriamiento pretendido– de los sentimientos y del dolor de Julie: son recuerdos siempre asociados a lo que más quería en su vida: su hija y su Concierto, que ahora resuenan con mayor fuerza en su interior. Kieslowski consigue como pocos directores “ilmar la música, de gran belleza y dramatismo y escrita en tono menor: resulta estremecedora la escena en que va leyendo con el dedo la partitura y la música que va sonando –especialmente cuando entra el coro– o en el momento en que está nadando en la piscina.

Los fundidos son siempre en negro, salvo en una ocasión que lo hará en blanco: esto último sucede cuando está sentada tomando el sol en la calle y ve a la anciana frente al contenedor; es una ocasión para salir de sí misma, para amar, para dejar entrar la luz del sol en su alma, pero entonces no sabrá aprovechar en esa oportunidad. Por otro lado, la película se titula muy sintomáticamente “Azul”: el azul lo invade todo, los objetos y los ambientes (antológica es la ambientación conseguida en la piscina), como incidiendo así en la frialdad en que quiere ampararse la protagonista.

En el desenlace de la película,  Kieslowski parece sugerir que Julie ha recuperado la vida y con ella la libertad interior. Pero es un final abierto y ambiguo –como siempre en el director polaco– pues no se sabe qué sucederá más tarde: cabría pensar que en realidad se ha conformado con un sucedáneo (como su madre, con la televisión) abandonándose al amor de Olivier. En cualquier caso, lo que vemos es que el contenido de ese amor es muy pobre –al menos inicialmente– y se reduce a lo sexual: al telefonear a Olivier para que acuda a ella le dirá “se lo han llevado todo; sólo queda el colchón…”; esto mismo se aprecia en la conversación de Julie con su vecina Lucille (Charlotte Véry), prostituta que le dirá que hace eso “porque le gusta, porque a todos les gusta…”. Con ello, Kieslowski, un artista inconformista y de hondas inquietudes, no parece convencerse de que el hombre y mujer contemporáneos puedan alcanzar fácilmente la libertad… porque tienen muchas dificultades para amar verdaderamente. No obstante, esa fase inicial en la libertad-amor será culminada y completada en “Rojo”: el verdadero desenlace de “Azul” lo tendremos al final de la trilogía, cuando Julie y Olivier vuelvan a aparecer en escena salvados de un naufragio por el amor, que suponemos enriquecido y consolidado.

Sin embargo, como decíamos antes y siguiendo el pensamiento del director polaco, no podemos aceptar un final cerrado donde se haya resuelto el problema de la libertad. Eso podría ser válido para un realizador o un público americano, pero no para quien ha sufrido la censura en un país comunista, y más tarde otro tipo de falta de libertad que tampoco da el capitalismo. La mirada de Kieslowski es básicamente pesimista, llena de angustia existencial: aunque el principio de que el amor da la libertad pueda ser válido, en la realidad concreta vemos a diario cómo no es así, cómo es imposible o muy difícil de alcanzar. Este es el verdadero mensaje de “Azul”, mezcla de luces y sombras pero tirando más a lo oscuro.

Por último, en los planos finales, a modo de glosario, se ofrecen retazos de la nueva vida inmediata de los personajes: Olivier y Julie en la cama, Antoine mirando pensativo el crucifijo que Julie le dio, Lucille en su triste ocupación diaria, Sandrine viendo a su hijo en la ecografía, la madre de Julie ante el televisor… Son, una vez más, modos distintos –aunque en grados diversos– de mantenerse vivos y de sentir emociones, de amar y de experimentar la libertad.

En las imágenes: Fotogramas de “Tres colores: Azul” – Copyright © 1993 MK2, C.E.D. Productions, Canal Plus y Zespol Filmowy TOR. Distribuida en España por Wanda Films y Cameo Media. Todos los derechos reservados

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Publicado el 7 noviembre, 2008 | Categoría: 10/10, Años 90, Directores, Drama, Filmoteca, Polonia

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10 comentarios en ““Azul”: Kieslowski busca la libertad interior”

  1. Rosenrod

    Estoy de acuerdo en que el círculo sólo se cierra, de manera definitiva, en “Rojo” (para mí, la más lograda de las tres).

    Un saludo!

  2. Julio

    Rosenrod, pienso que el ciclo no solo se cierra con “Rojo” sino que nada tiene sentido conceptualmente si esa película. Y sin embargo, para mí es “Azul” la que tiene más fuerza por la carga existencial y expresiva de la historia y por la potente banda sonora que se cuela entre los recuerdos de Julie…

  3. Pepe Paja

    Buena crítica, Julio. Pasaré a “Blanco”.

  4. Manuela

    Azul es preciosa, tratada con mucha sensibilidad y con una banda sonora impresionante.
    Binoche hace un gran papel.

  5. Julio

    Ánimo con “Blanco”, Pepe, aunque espero que no te lleves una desilusión después de “Azul”, pues tiene otro cariz narrativo, es más social que antropológica -en mi opinión- y la banda sonora de aquella es difñicilmente superable. Pero sólo viendo la trilogía entera se puede entender del todo el pensamiento de Kieslowski.

    Efectivamente, Manuela. pocas veces se ha filmado la música como en “Azul”, y no me refiero sólo a la banda sonora sino a cómo se crea a partir de un estado anímico-emocional, en este caso de Julie. Y aunque Binoche tiene muchísimos grandes trabajos (sin ir más lejos, la última estrenada en España, “Las horas del verano”), el punto de referencia para mï es esta película.

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  9. miquel

    la banda sonora es una de las mas sublimes que he oido nunca. La pelicula, una de mis 10 favoritas

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    [...] y quemar fotos y partituras… recuerda a aquella Julie que encarnó Juliette Binoche en “Azul” (Krzysztof Kieslowski, 1993) y que un día lo vio todo negro y buscó la libertad en la ruptura de [...]

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