[6/10] Con cinco nominaciones a los Óscar, Ron Howard pone frente a frente al presidente Richard Nixon y al periodista David Frost. Será un combate a cuatro asaltos, del que solo puede salir un ganador. Se han pactado los temas de cada una de las entrevistas, en las que uno pretende lavar su imagen política y otro relanzar la suya en la arena televisiva, con el Watergate y la credibilidad del sistema democrático de fondo. El primer poder contra el cuarto, la pétrea careta del político contra los dardos del periodista inquisidor, la solidez del estadista contra la banalidad del showman. La pelea se presenta desigual y así discurren las cosas, hasta que “algo” entra en escena y el objetivo de la cámara se encarga de agigantarlo y presentarlo al telespectador de manera clara e incontestable. El presidente hace tiempo que ha dimitido pero la verdad permanece oculta, y por eso se hace necesaria la labor de investigación y divulgación de unos modos corruptos de usar el poder: ¡abajo Montesquieu y la separación de poderes!, ¡arriba Maquiavelo y su todo vale si el fin lo justifica!; de pronto, la corta historia de los Estados Unidos parece que se va a pique por falta de transparencia, y los americanos han dejado de ser todos iguales ante la ley.

Una primera lectura de “El desafío. Frost contra Nixon” podría quedarse en el plano político e histórico, y sentenciar al presidente con un “gate” que se asocie en lo sucesivo a cualquier escándalo político. Pero hay más, porque detrás de la pareja protagonista tiene que haber unos motivos personales en su actuar, y el director tendría que haberse preocupado por transmitir ese fondo misterioso al espectador: por qué se aviene el presidente a un interrogatorio, y sobre todo por qué esa llamada telefónica nocturna y ese derrumbe en el cuarto asalto; el espectador podrá deducir a posteriori el peso insoportable de la mentira y de la falsedad que le han llevado a refugiarse en el alcohol y que en un momento dado necesita desahogarse…, pero resulta poco verosímil después de mostrar tanto aplomo y tablas en el cuerpo a cuerpo hasta entonces; ahora sus múltiples recursos y su preclara inteligencia no resisten, sin haber dado antes pruebas de fragilidad; se entiende que la conciencia siempre sigue ahí y que antes o después necesita una salida… pero no se ha apercibido de ello al espectador en ninguna fase previa. La interpretación de Frank Langella es impecable, y su posible Óscar no lo cuestionaría porque concede a su personaje la entereza y el carácter críptico del político, y también la fragilidad y franqueza del hombre de la calle. El problema quizá sea del guión, que construye su personaje sin dejar un resquicio por el que intuir… que va flaqueando, que bajo la careta hay mucha tensión y presiones, o que determinados problemas personales están influyendo…

En la esquina opuesta del cuadrilátero está un periodista británico, más habitual de las entrevistas un tanto ligeras que de empresas de empaque o investigación. Todo son poses y gestos cara a la galería en este intérprete, capaz de encandilar y divertir a las masas son sus salidas ingeniosas y su soltura. Incluso en su comportamiento personal parece un tanto veleidoso, caprichoso, frívolo… y sin embargo también esconde su orgullo y su sentimiento de compasión. Michael Sheen hace que no resulte insulso ni excesivamente histriónico –aunque está a punto de hacerlo con esa sonrisa exagerada, permanente, superficial–. En el fondo, son dos actores –Langella y Sheen– que realizan buenas interpretaciones y sacan adelante una película sobre otros dos actores –Nixon y Frost– que también viven de su público y para su público, porque el político y el periodista no hacen sino mostrar la realidad deseada, con o sin ética profesional, con mayor o menor orgullo… y en eso se igualan. No extraña, por tanto, que ambos lleguen a hacer buenas migas tras el combate, que lejos de las cámaras lleguen incluso a la confidencia y la sinceridad, porque sin público todo es más fácil. En el fondo, se necesitan para pelear, se aprecian y admiran en su similitud, se digan lo que se digan dentro del ring.

La película no se hace larga, a pesar de que se conozca el desenlace desde el inicio y de que su trama sea sencilla. Está bien realizada, y la ficción avanza apoyada por las entrevistas hechas a los periodistas que participaron en la preparación de los encuentros, aportando el necesario tono documental a un hecho real. Las transiciones están magníficamente conseguidas gracias a un montaje preciso y eficaz, mientras que la planificación y el movimiento de cámara responde a los esquemas del lenguaje televisivo al que la propia película alude. Porque, en el fondo, toda la veracidad de una persona o de una causa puede quedar retratadas en un primer plano que el objetivo capture: ahí se advirtió la debilidad y cansancio, la soledad y sufrimiento de Nixon en esa cuarta entrevista, y ahí se simplificó también su realidad, quitándole los matices y la profundidad al personaje y a la persona. Quizá por eso Howard elija la imagen de la televisión para retratar a sus dos personajes de manera plana y mostrar solo un aspecto simple de ellos… y saciar así el hambre o la necesidad que el espectador tiene de un poco de sangre o de un gesto de reconocimiento de la culpa. Es el poder de la imagen y de la televisión, del político y del periodista, capaces de destruirse y renacer de sus cenizas.
Calificación: 6/10
“El desafío: Frost contra Nixon” – Copyright © 2008 Universal Pictures, Imagine Entertainment, Working Title Films, Studio Canal y Relativity Media. Fotos por Ralph Nelson. Distribuida en España por Universal Pictures International Spain. Todos los derechos reservados.
Publicado el 9 febrero, 2009 | Categoría: 6/10, Año 2009, Biopic, Críticas, Drama, Hollywood
Etiquetas: El desafío: Frost contra Nixon, ética, Frank Langella, Michael Sheen, política, prensa, Ron Howard
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