[8/10] Estamos en los años treinta y se ha decretado la guerra al crimen organizado. El pueblo americano ha hecho de John Dillinger un mito capaz de robar el banco que se proponga, burlar a la policía más especializada y escapar de cualquier cárcel en que sea encerrado. Además, sólo se queda con el dinero de los bancos pues se lo devuelve a los clientes, y tiene a gala no abandonar nunca a sus amigos y cumplir siempre su palabra. Se ha convertido en el enemigo público nº 1 y reto para una Oficina de investigación que aún no tiene jurisdicción más allá de cada Estado y que reclama al Congreso más medios. Es la época de la Gran Depresión y los bancos están en la cima de impopularidad mientras que el servicio policial está en mantillas, y de todo se aprovechan gangsters, políticos y agentes sin escrúpulos. Por momentos, parece que las calles de Chicago son el escenario de una guerra sin cuartel para ver quién saca más tajada, quien se fuga en el coche más rápido o quién se hace con la mujer más atractiva. Pero entre tanta cloaca de corrupción aparece un mirlo blanco que alberga sentimientos puros y honestos, capaz de transformar y “encarcelar” al escurridizo Dillinger.
Ese es el ambiente que Michael Mann trata de plasmar en “Enemigos públicos”, y ese el clima de amoralidad sobre el que se está levantando una sociedad muy diferente a la forjada en el lejano Oeste sobre la ley y la civilización. Ahora la ciudad tiene que dar cobijo a individuos que han sufrido o alimentan la violencia, el hambre o la injusticia, y las fuerzas del orden no están a la altura o la legislación no se ha desarrollado. Por eso, la película exigía la creación de unas atmósferas llenas de ambigüedad y perplejidad que fuesen espejo del robo de guante blanco, negro o soterrado, algo que la fotografía saber reflejar con claroscuros que hablan de los bajos fondos o con filtros azules que dan frialdad a unas relaciones donde la deslealtad está a la vuelta de la esquina. Una buena recreación de época para un retrato de personajes que hace que el espectador se ponga de parte del Robin Hood de Chicago y de su amor a prueba de bombas pues, aunque sus acciones no sean muy ejemplares y deje unos cuantos cadáveres por el camino, su figura tiene atractivo humano: sinceridad, lealtad, compromiso, afectividad, eficacia… son algunas de las virtudes que le convierten en héroe y mito frente a algunos compinches del sindicato del crimen que se han pasado al lado oscurísimo de la ley y una torpe policía corrupta que maltrata a los detenidos o falsifica la información.

Dureza de rasgos para el rostro de Melvin Purvis que, sin embargo, aún respira cierta sensibilidad en su comportamiento, ya desaparecida en su jefe J. Edgar Hoover, y un Dillinger glamouroso que encuentra ecos nada menos que en Clark Gable. La inclusión del elemento meta-cinematográfico tiene su razón de ser al convertirse la pantalla en espejo del comportamiento o en dictado del actuar del gangster crepuscular, a la vez que adelanta al espectador un desenlace inmediato. Se abunda en la referencia cinéfila en la última escena, cuando el policía se acerca a escuchar las últimas palabras de Dillinger y resuenan las de otro mito como Charles Foster Kane… y es que se trata de construir una leyenda en donde el gangster más perseguido del Estado puede pasearse impunemente por la comisaría y preguntar por el resultado del partido, o asistir como un fantasma al cine sin ser reconocido -en uno de los pocos apuntes cómicos de la cinta-, situaciones inverosímiles si no se buscase esta mitificación manifiesta.

Desde el inicio el espectador aprecia que está ante una película de factura cuidada, donde la fotografía crea época y ambiente o la música aporta gravedad y dinamismo a la historia, y donde la cámara se coloca de manera intencionada en ligero contrapicado o se mueve con sentido en torno a unos personajes desorientados o muy seguros de sí mismos, donde la planificación sabe crear suspense -la huida de la cárcel y el juego de semáforos es clara- o crear un clímax romántico en la guardarropía o situar al espectador en un entorno de violencia. Johnny Deep da la determinación y ternura adecuadas a su personaje dejando de lado su habitual vis cómica, y Dillinger se presenta como un elegante caballero de honor en su violencia, como un enamorado fiel en su caótica vida. A su lado, Christian Bale le da réplica contenida como el profesional frío y obsesionado con su objetivo pero honrado, y Marion Cotillard da vida a la bella y humilde Billie en lo que es un trasunto del pueblo siempre cercano al forajido ladrón.

Con la clásica estructura de ascensión y caída del mito, con una estética precisa de cine negro al servicio de una época, “Enemigos públicos” está bien rodada en las escenas de acción -basta ver la huida de la cárcel o el asalto al último banco-, resulta entretenida a pesar de su larga duración y tiene buen ritmo narrativo. Podría haber terminado en el “primer final feliz” pero se opta por apurar el vaso y dar una vuelta de tuerca a una vida abocada a la muerte heroica en la oscuridad de la noche… después de verse en el cine. Al final, habrá que preguntarse quién es el mirlo blanco y quién el buitre carroñero, en una época que recuerda mucho a la actual aunque con distinto guante, porque Mann no hace otra cosa que hablar de lo viejo y lo nuevo, de lo romántico y lo calculado, de lo auténtico y lo sofisticado.
Calificación: 8/10
En las imágenes: Fotogramas de “Enemigos públicos” – Copyright © 2009 Universal Pictures, Relativity Media, Forward Pass, Misher Films, Tribeca Productions y Appian Way. Fotos por Peter Mountain. Distribuida en España por Universal Pictures Spain. Todos los derechos reservados.
Publicado el 15 agosto, 2009 | Categoría: 8/10, Año 2009, Biopic, Críticas, Hollywood, Thriller
Etiquetas: Christian Bale, crítica, Enemigos públicos, Johnny Deep, Marion Cotillard, Michael Mann
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